Archive for month: abril, 2007

Una historia de la Guerra Civil que no va a gustar a nadie. Juan Eslava Galán.

29 abr
29 abril 2007

8408058835%2BLa guerra civil española como no la ha contada nadie. ¿Otro libro sobre la Guerra Civil? Pues sí­, otro, pero con una diferencia: no marea con datos innecesarios y relata por derecho lo ocurrido en aquellos tres años de locura homicida sin catequizar sobre quiénes eran los buenos y quiénes eran los malos. Eso, que el lector lo decida. No es una novela, porque todo lo que cuenta ocurrió (incluso las menudas historias que espantan o que mueven a risa), pero se lee como una novela y pretende instruir deleitando. Por eso está escrita en el tono que ya usó el autor en su Historia de España contada para escépticos. El lector acompaña a un joven general, Franco, que tacita a tacita se labra un porvenir y nos lo labra, de paso, a cuarenta millones de españoles, pero también acompaña a muchos ciudadanos anónimos a los que la guerra marcó para siempre. Pincha sobre la portada para adquirirlo.

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Tratado de Tordesillas

25 abr
25 abril 2007

Aunque hoy parezca mentira, hubo un dí­a en que españoles y portugueses nos repartimos el mundo, al menos sobre el papel. Como buenos hermanos, la mitad para cada uno. Fue en Tordesillas, hace más de quinientos años. El estupor que semejante acuerdo provocó en Europa fue sonado. En Parí­s, el rey Carlos VIII exclamó, indignado: “Antes de aceptar el reparto, quiero que me muestren en qué cláusula del testamento de Adán se estipula que el mundo pertenezca a los españoles y a los portugueses”. No existí­a esa cláusula, claro, pero sí­ un puñado de capitanes valientes que, al frente de sus carabelas, habí­an llegado donde nadie lo habí­a hecho antes y, lo más importante, habí­an regresado para contarlo. Esto, a nuestros entrañables vecinos del norte, aún les escuece. España y Portugal o, mejor dicho, Castilla y Portugal no se llevaban bien. Compartí­an una larga y permeable frontera, hablaban casi el mismo idioma y a los dos se les habí­a acabado el poderoso estí­mulo de la Reconquista. Los portugueses terminaron antes. Al llegar a las playas del Algarve se encontraron frente a un inmenso océano que, a diferencia del Mediterráneo, estaba sin explorar. El Atlántico era un misterio: peligrosas criaturas lo poblaban y los naví­os que se aventuraban en sus aguas no volví­an jamás a puerto. Como los lusos son gente perseverante y vení­an muy motivados después de guerrear cinco siglos contra los moros, se pusieron manos a la obra. Dieron el salto a África y comenzaron a bajar lentamente por sus costas, sin alejarse demasiado de ellas, que luego no sabí­an como volver. Para ponerle remedio, sus marinos descubrieron cómo funcionan los vientos, trazaron los primeros mapas de navegación oceánica, cartografiaron la costa africana y fundaron factorí­as comerciales, de las que traí­an oro, marfil y esclavos. Durante el siglo XV, Lisboa fue la Florencia del mar. El pastel era demasiado apetitoso como para dejar que sólo lo degustasen los portugueses. Castellanos, catalanes, mallorquines e italianos, que siempre están en todos los guisos, se aprestaron a hacerse con su porción. El problema es que, a excepción de Castilla, el resto se encontraba demasiado lejos del Atlántico. Los reyes, además, desconfiaban de aventuras mercantiles de incierto desenlace, y más teniendo a mano un Mediterráneo cruzado por mil rutas comerciales, por mucho que los piratas berberiscos las esquilmasen. Ya se sabe: más vale malo conocido que bueno por conocer. Castilla se incorporó tarde y sin demasiado entusiasmo a la carrera atlántica, pero se llevó la parte del león: las Canarias, el único archipiélago poblado y de cierto fuste de cuantos se hallaban a una distancia prudencial del continente. Y aquí­ surgió el conflicto. A los portugueses no les sentaba nada bien que, después de un siglo jugándose el pellejo, llegasen los de al lado y se quedasen con lo mejor. Las cosas de casa, es decir, las dinásticas, se complicaron y Castilla, partida en dos, llegó a las manos con Portugal. Al final, el rey Alfonso V por un lado y los Reyes Católicos por otro alcanzaron un acuerdo entre caballeros, el de Alcaí§ovas, firmado en 1479. Alcaí§ovas dividí­a el Atlántico en dos. Al norte de las Canarias los castellanos podí­an seguir buscando tesoros, si es que quedaba alguno, porque Madeira y las Azores se las reservaba el astuto Alfonso. Al sur, todo para Portugal, hasta donde fuesen capaces de llegar sus intrépidos marinheiros. No estaba mal del todo. Los portugueses se quitaban a un incómodo competidor en su camino a la India, y los castellanos podrí­an finalizar la conquista de las Canarias sin más contratiempos que los que los aguerridos guanches pusiesen a sus soldados. Entonces sucedió lo que nadie esperaba. Colón volvió del Caribe asegurando que habí­a llegado a la India o, al menos, a sus inmediaciones. Esto echaba por tierra el arreglo de Alcaí§ovas. Por si colaba, Lisboa reclamó para sí­ los territorios descubiertos por Colón, esgrimiendo el tratado de 1479. No coló, naturalmente. Para no volver a armarla recurrieron al Papa, que era, en última instancia, el dueño del mundo en su calidad de vicario de Cristo. Y es aquí­ donde Fernando el Católico estaba esperando al portugués con la daga detrás de la espalda; la jugada tení­a truco. En 1492 ascendió al solio pontificio Alejandro VI, un valenciano de armas tomar cuyo nombre de civil era Rodrigo de Borja; o sea, un Borgia. No es necesaria mucha más presentación. Sin dudarlo un instante, se apresuró a satisfacer a su antiguo señor, el rey de Aragón. En la primavera de 1493, con Colón deshaciendo el equipaje, extendió una bula, la Inter Caetera, en virtud de la cual todo lo que habí­a descubierto el genovés pertenecí­a a los reyes de Castilla y Aragón. El único requisito para formalizar la donación era que los monarcas se comprometiesen a evangelizar a las gentes que se encontrasen en aquellas tierras, para que “la fe católica y la religión cristiana sean exaltadas, y que se amplí­en y dilaten por todas partes, y que se procure la salvación de las almas, y que las naciones bárbaras sean abatidas y reducidas a dicha fe”. Casi nada. Juan II de Portugal, viendo que el combate estaba amañado, protestó enérgicamente ante la curia, que no le hizo ni caso. Meses más tarde Alejandro VI dio un nuevo apretón de tuercas a Lisboa. En otra bula delimitó las áreas de influencia de España y Portugal, o, acercándonos al alambicado lenguaje vaticano, fijó qué tierras habrí­an de evangelizar los españoles y a cuáles llevarí­an la buena nueva los capellanes de las carabelas portuguesas. Porque, claro, el Papa no sabí­a de imperios, y mucho menos del oro y las especias que los pizpiretos marinos ibéricos andaban buscando como locos. El problema es que ni el Santo Padre, por muy vicario de Cristo que fuese, ni nadie sabí­an a ciencia cierta qué era lo qué habí­a más allá del océano, por lo que el Pontí­fice, hombre práctico por encima de todo, trazó una lí­nea imaginaria de polo a polo que quedaba a unas cien leguas de las Azores y Cabo Verde. A la izquierda de la raya los españoles podrí­an navegar, colonizar y, sobre todo, bautizar a los infieles, que, a juicio de Alejandro VI, “parecen suficientemente aptos para abrazar la fe católica y para ser imbuidos en las buenas costumbres”. Si lo sabrí­a él. A la derecha los portugueses tení­an franquicia para hacer lo propio. El caso es que en el lado español no se sabí­a lo que habí­a, pero en el portugués sí­: agua salada y tempestades. Esto colmó la paciencia de Juan II, y le puso de uñas contra sus tramposos e intrigantes vizinhos. La disyuntiva era o callar y tragarse lo que habí­a dicho el Papa ““un Papa, dicho sea de paso, muy casero”“ o liarse la manta a la cabeza y declarar la guerra a Fernando, que era quien andaba detrás de todo el enredo. Si lo primero era malo, lo segundo era aún peor. A esas alturas los portugueses no podí­an ya ni soñar con medir sus armas con las de castellanos y aragoneses. A Fernando tampoco le vení­a bien una guerra con Portugal. Estaba ocupado en echar de Nápoles a los franceses y no querí­a verse envuelto en una reyerta peninsular. Portugal ya caerí­a por su propio peso, o por algún matrimonio afortunado, que de esto los Reyes Católicos sabí­an un rato. La única solución factible para remendar el entuerto era sentarse a negociar y pactar una nueva lí­nea de demarcación. Una vez conseguido el acuerdo, se lo presentarí­an al Papa y asunto zanjado: cada uno en su casa y Dios en la de todos. Las dos delegaciones decidieron reunirse en Tordesillas, una próspera ciudad a orillas del Duero, no muy lejos de Valladolid. El documento de partida fue la bula papal que establecí­a la lí­nea en mitad del Atlántico, o lo que hoy sabemos es la mitad del Atlántico, porque en 1494 sólo se conocí­a de América las cuatro islas en que habí­a recalado la expedición colombina. La primera idea de los portugueses era volver al orden de Alcaí§ovas, definiendo un paralelo y no un meridiano, como habí­a hecho el Papa, y que Portugal se quedase con toda la parte austral y España con la boreal. Parecí­a atractiva la propuesta, pero a los castellanos no les convenció. Para llegar a América habí­a que tomar los alisios del nordeste, que soplan hacia el sur, y regresar a Europa con los vientos que impulsan la corriente del Golfo de México. Esa fue la derrota de todas las travesí­as atlánticas hasta la irrupción de la navegación a vapor, en el siglo XIX. Esto obligaba a Fernando a entregar el Caribe a Portugal, y hurtaba a los navegantes españoles la posibilidad de explorar el sur, que era lo más interesante, condenándoles a internarse en las traicioneras aguas del norte. Rechazada de plano la opción del paralelo, los delegados portugueses se concentraron en mover el meridiano papal hacia el oeste. Era su obsesión, y durante toda la negociación no cejaron en su empeño. Los castellanos, representados por el mayordomo real Enrí­quez de Guzmán, accedieron a ampliarla 150 leguas, luego 250, pero no era suficiente para el delegado de Juan II, Ruy de Sousa: la raya tení­a que ir más allá, siempre un poco más allá. Semejante testarudez en trasladar una simple lí­nea unas cuantas leguas a poniente en medio de lo que, supuestamente, no era más que una enorme masa de agua da que pensar. ¿Acaso para entonces Juan II ya sabí­a, gracias a un viaje secreto, que Brasil está donde está? Oficialmente, Brasil se descubrió seis años más tarde, en 1500, en el viaje de Pedro Alvares Cabral, que tomó posesión de aquella tierra por encontrarse, precisamente y por muy poco, en el lado portugués de la lí­nea de demarcación pactada en Tordesillas. No se sabe ni se sabrá nunca; el hecho es que, gracias a la terquedad de Sousa, el plenipotenciario castellano consintió mover la dichosa lí­nea 270 leguas desde el punto fijado en las bulas alejandrinas, ni un palmo más. Entonces los portugueses esbozaron una lusitana sonrisa y aceptaron. El tratado se firmó el 7 de junio de 1494, y se enviaron sendas copias a los reyes de España y Portugal. Los primeros lo ratificaron en Arévalo un mes más tarde. El segundo puso su real sello en Setúbal a finales del verano. El mundo quedaba, por vez primera en la historia, dividido en dos. Buena parte de la Creación tení­a, por fin, dueño y señor. La lí­nea de Tordesillas sirvió para que, sin pelearse, los marinos ibéricos largasen velas a placer durante dos generaciones. Sirvió también para delimitar las áreas de conquista y colonización. Treinta años más tarde hubo que revisarlo, porque tanto habí­an progresado que unos y otros se encontraron de nuevo cara a cara en los antí­podas. El contrameridiano del Pací­fico se fijó en Zaragoza, en 1529. Para entonces América ya era América, y la India se habí­a convertido en un emporio portugués. Los efectos del tratado de Tordesillas se dejaron sentir durante siglos, y aún hoy marcan las fronteras entre la Hispanidad y la Lusofoní­a, entre el castellano y el portugués, dos lenguas hermanas que, con 600 millones de hablantes en cuatro continentes, conforman la primera comunidad lingüí­stica de ámbito global. Pocos acuerdos han logrado tanto con tan poco. (Fernando Dí­az Villanueva)

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Las Navas de Tolosa

21 abr
21 abril 2007

Esta famosa batalla tuvo lugar en 1212 cerca del pueblo jienense Navas de Tolosa, enfrentando a los almohades con las tropas cristianas. Alfonso VIII, rey de Castilla, presionó al Papa Inocencio III para que promulgase una Cruzada, a ésta se unieron los reyes de Navarra y Aragón, Sancho “el Fuerte” y Pedro II, respectivamente. Aunque también llegaron hasta Toledo caballeros europeos y algunas í“rdenes Militares, el grueso del ejército eran tropas de los “Tres Reyes”.

Audio Las Navas de Tolosa

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Los Borgia. Historia de una ambición. Juan Antonio Cebrián

21 abr
21 abril 2007

La apasionante historia de una influyente familia valenciana de gran ambición y sed de poder que la llevarán a la cima del mundo.
El autor, Juan Antonio Cebrián, se ha basado en el guión de la pelí­cula dirigida por Antonio Hernández y producida por Antena 3-TV, para contar todo lo que se sabe de cierto sobre los protagonistas.
Caterina Sforza y los hijos de Rodrigo Borgia formarán parte de la historia por las intrigas polí­ticas, venganzas, incestos e infidelidades en las que se ven envueltos. Puedes adquirir el libro pinchado en la portada.

Enlace URL con YOUTUBE

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Gracias Juan Antonio Cebrián

20 abr
20 abril 2007

Publicamos la entrevista a Juan Antonio Cebrián, uno de los “culpables” de este blog. Nuestro agradecimiento por su programa “La Rosa de los Vientos”, emitido en Onda Cero los fines de semana y por su colaboración. Muchas Gracias.

1. ¿El primer libro que te marcó? ¿qué edad tení­as?
No sé, yo empecé a leer libros siendo muy niño, y recuerdo con especial cariño los tí­tulos de Enid Blyton como las series de Los 7 secretos o Los cinco. Pero sin duda mis obras imprescindibles de aquella época son las de Julio Verne, en especial Miguel Ostrogoff y Un capitán de 15 años o Emilio Salgari de quien siempre me gustó Los tigres de mompracem. En el terreno patrio destacó a Benito Pérez Galdós con sus Episodios nacionales y a Pio Baroja con su magní­fico Zalacain el aventurero.

2.- ¿El primer libro que tuvimos la suerte de ver publicado?
Fue el titulado Pasajes de la historia, una obra basada en mis relatos radiofónicos y que, para asombro de todos, alcanzó 19 Ediciones y eso que se publicó en una de las editoriales más pequeñas del mundo (je,je)

3.- ¿Autores y libros releí­dos o especiales?
Serí­a imposible glosar en pocas lí­neas mis preferencias literarias, aunque cada vez que me enfrento a una pregunta parecida surgen en mi mente historiadores anglosajones como Hugh Thomas o Antony Beevor, además de mis adorados clásicos Alejandro Dumas, Edgar Allan Poe, Tolkien…..En cuanto a tí­tulos favoritos cualquiera de los escritos por los anteriormente mencionados, o casos singulares como el poema épico francés La canción de Roldán.

4.- ¿Cuánto suele durar la labor de documentación para escribir un libro?
Depende si los personajes o circunstancias son de mi preferencia o no tanto. En el caso de Los Borgia -mi último libro- he recopilado documentos sobre esta familia valenciana a lo largo de los últimos seis años. Luego la tarea de redacción me puede llevar cinco o seis meses en el mejor de los casos. Pero como ya digo, esto está sujeto al asunto del que se trate.

5.- Momento o momentos históricos más importantes de España
Sin duda, el momento más decisivo para nuestro paí­s se dio en 1492 con episodios trascendentales como la toma de Granada, el descubrimiento de América o la llegada al trono vaticano de Alejandro VI, el último papa español que asumió tan alta dignidad.A este año podrí­amos añadir otros capí­tulos fundamentales como las constituciones de 1812 y 1978, con todo lo que eso supuso para nuestro paí­s.

6.- Si la realidad histórica de España es una, siendo las fuentes, en teorí­a, las mismas ¿cómo se puede contar nuestra Historia de formas tan dispares?
El nacionalismo es un problema anacrónico, aunque endémico, que hemos padecido desde antaño y aún sufrimos en nuestros dí­as. Espero que la nueva concepción europea aplaque de alguna forma esta ansiedad defendida desde sectores polí­ticos que no ven más allá de sus narices geográficas. La objetividad histórica no hace daño a nadie por mucho que algunos interesados se empeñen en lo contrario.

7.- ¿Quién es tu mentor o inductor en tu pasión por la Historia?
Supongo que esta pasión se gestó en mí­ tras haber leí­do cientos de interesantes tí­tulos sobre el género. En realidad he tenido el gusto de formarme poco a poco sin influencias claras. Dicen que para escribir un libro previamente debes haber leí­do mil. No sé si yo he abarcado tanto, pero me atreverí­a a decir que estoy en ello.

8.- ¿Cuándo se rodará una gran pelí­cula histórica de nuestro paí­s?
Este año estamos de enhorabuena con la llegada de magní­ficos tí­tulos históricos que abordan hechos relevantes para la historia de España como Alatriste o Los Borgia. Espero que la taquilla les acompañe y que puedan servir de ejemplo para futuros proyectos, pues temática no falta dado que nuestro especial discurrir por los siglos como nación contiene capí­tulos emocionantes dignos del mejor guión cinematográfico.

9.- Tus aficiones “secretas”
En estos momentos mi mayor hobby es coleccionar DVD en los que se ofrecen toda suerte de documentales sobre historia. No llevo la cuenta, pero pueden ser cientos los que se almacenan en mi despacho de trabajo.

10.- ¿Cómo es para ti un dí­a perfecto?
La jornada ideal para una persona tan ocupada como yo llega cuando consigo aunar vida profesional con vida familiar. Y, en ese sentido, nada hay mejor que pasar unas horas con mi mujer y mi pequeño Alejandro tras haber firmado un buen artí­culo para el periódico o haber investigado los detalles que serán expuestos en la Rosa de los vientos, el programa de radio que dirijo en Onda Cero desde hace una década gracias a la complicidad y cariño de sus más de 200.000 oyentes.

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El Mozárabe. Jesús Sánchez-Adalid

10 abr
10 abril 2007

En el año 929 el emir de Córdoba Abd al-Rahman III se erige como califa, y la España musulmana inicia una etapa de esplendor inigualable. Allí­ coinciden Asbag y Abuámir, seres de distinto origen, fe y vocación. Asbag, el mozárabe, es un erudito con dotes diplomáticas y será consejero de personajes emblemáticos. El destino de Abuámir no será menos sorprendente. Este joven, atractivo, vividor y ambicioso, desarrollará una fulgurante carrera hasta convertirse en el temido Almanzor. Puedes adquirir el libro pinchado en la portada

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Amantes de Teruel.

09 abr
9 abril 2007

En la ciudad de Teruel viví­an Diego Marcilla e Isabel de Segura. Se conocieron desde muy niños, él era de pobre ascendencia y ella pertenecí­a a una de las familias más ricas de la localidad, con el paso de los años, la amistad se convirtió en amor… Un dí­a Diego tuvo que partir a la guerra, se alistó como soldado en los tercios del emperador. Pero el destino les estaba tejiendo una telaraña de desdichas. Isabel tení­a una prima con la que habí­a hecho vida familiar, Elena. Un dí­a vio a Diego y al instante quedó prendada de él, aún sabiendo los lazos que uní­an al mancebo con su prima, llena de pesadumbre, urdió un medio para que el muchacho quedase libre y pudiera ser suyo. Habí­a en la ciudad un noble caballero, don Fernando de Gamboa que, si bien amaba a Isabel, no se sentí­a muy seguro de ser correspondido. Un dí­a Elena contrahizo la escritura de Isabel en una misiva y, llamando a una vieja criada, la envió con dicho papel a casa de don Fernando. éste, sorprendido, vio una luz de esperanza y en lugar de partir de la ciudad como tení­a previsto, pensó quedarse. Durante varios dí­as rondó la casa de Isabel. De nuevo Elena envió recado en nombre de Isabel, que ignoraba los turbios manejos de su prima. Así­ fue pasando el tiempo y los padres de Isabel juzgaron que ya era hora de dar en matrimonio a su hija. Sabí­an del cariño que existí­a entre la joven y Diego, pero considerando lo humilde de su origen, vacilaron. Don Fernando de Gamboa habí­a manifestado al padre el amor que sentí­a por su hija y, en cierta ocasión se presentaron al mismo tiempo Diego y don Fernando a solicitar la mano de la doncella. Hablaron los dos, exponiendo don Fernando lo noble de su apellido y las riquezas de su hacienda. Diego habló así­: - “No tengo riquezas ni noblezas; más desde niño me habéis tenido en vuestra casa y sabéis que amo a Isabel y que ella me corresponde”. Respondiéndole el padre de la doncella: - “No puedo concederte la mano de Isabel pues serí­a cambiar lo dudoso por lo cierto, la buena casa y la estirpe de don Fernando por la de un joven sin nombre ni fortuna” - “No es justo, noble Segura, respondió Diego, que neguéis a quien os ama como un hijo una oportunidad para ganar con el brazo lo que la fortuna le negó por su nacimiento. Dadme un plazo, aunque sea corto, y yo os demostraré lo que valgo” El padre de Isabel quedó pensativo y le respondió: - “Bien, de acuerdo, esperaré un plazo de tres años con tres dí­as. Si en ese tiempo vuelves con nombre y riquezas, o con nombre tan solo, Isabel será tuya. Pero ni una hora más esperaré” Diego aceptó lleno de alegrí­a. Cuando Isabel y Diego se encontraron, anunció Diego - “Sé que antes de que haya transcurrido el plazo he de volver, y entonces serás mi esposa y nada habremos de temer” Y Diego partió a Barcelona, que entonces estaba llena de soldados. Se alistó en uno de los Tercios y embarcó hacia Cartagena. Allí­ salió con su compañí­a para las tierras de África, demostrando prontamente el valor que le animaba. Viaje tras viaje, logró que el César le otorgase la banda de alférez y una Orden que ennoblecí­a su nombre. Entretanto, en Teruel, la prima Elena no habí­a cejado en su tarea de separar a Isabel de Diego. Un dí­a comunicó al padre de ésta que le habí­an llegado noticias de la muerte de Diego. Mucho dolor sintió el anciano y, tomando precauciones, se lo comunicó a Isabel, quien no podí­a creer la noticia de esa muerte, algo en su interior le decí­a que no era cierto. Y le pidió a su padre que aplazara la boda hasta el último momento, lo cual le concedió. El dí­a que expiraba el plazo y se celebraron las bodas, Isabel ya estaba resignada y aceptó de buen grado la mano de don Fernando. Dos horas después del vencimiento del plazo, entraba en Teruel a todo galope Diego Marcilla… habí­a llegado a toda prisa, reventando caballos, pero demasiado tarde. Esperaba que el noble Segura no hubiera sido rí­gido en el cumplimiento del pacto, y cuando llegó y vio las paredes alhajadas con ricas colgaduras y la servidumbre de gala, comprendió que su desdicha estaba consumada. Entonces penetró en la mansión subiendo a los aposentos de Isabel, ya preparados como cámara nupcial. Se ocultó debajo del lecho esperando a que llegara el matrimonio, que una vez despedidos por los familiares se dispusieron a acostarse. Cuando lo hubieron hecho, Diego, para impedir que se consumara la unión, tomó una mano de Isabel, la cual sintió un gran sobresalto, dando un grito. El marido preguntó si le ocurrí­a algo y ella, turbadí­sima y reconociendo la mano de Diego, pidió al marido que bajase a buscar un frasco de sales. Cuando ella quedó a solas con Diego, el cual, cayendo de rodillas ante ella, le recordó su amor, reprochándole su poca constancia, ya que debí­a haber esperado a su vuelta. Ella, aún sintiendo gran alegrí­a de verle, le dijo: - “Ha sido la voluntad de Dios y no la fortuna la que ha hecho que te retrasaras en la llegada. Te he esperado hasta el último momento, ahora, desgraciadamente ya nada puedes obtener de mi. Casada estoy ante el Señor y no puedo faltar a mi honor partiendo contigo. él insistió, y al levantarse para marchar, se desplomó como herido por un rayo. Terrible fue para Isabel ver morir tan repentinamente a su amado y más fuerte todaví­a la sorpresa de don Fernando al encontrarse con un hombre muerto en su cámara nupcial y a Isabel pálida y pronta a desvanecerse. Ella le explicó lo sucedido, jurándole por lo más sagrado su inocencia. Entonces él, creyéndola, determinó sacar de allí­ el cuerpo del infeliz Diego y, aprovechando las horas de la noche, dejarlo en la puerta de su casa. Así­ lo hizo, siendo ayudado por la propia Isabel. Al dí­a siguiente, horrible fue la sorpresa de los padres del infortunado joven. Por la ciudad corrió la noticia como un reguero de pólvora siendo los comentarios numerosos y diversos. Los funerales se celebraron con gran concurrencia de personas que comentaban la infausta suerte de don Diego. De pronto se presentó Isabel y un rumor acogió su llegada. Vení­a pálida, vestida con sus más lujosos trajes y adornos. Durante la misa permaneció arrodillada con el rostro entre las manos. Al finalizar el oficio de difuntos se aproximó al catafalco y, ante el asombro de todos, inclinándose sobre el cadáver de Diego, depositó un apasionado beso en sus labios. Cuando don Fernando y sus criados acudieron, advirtieron que Isabel estaba echada de bruces sobre el difunto y, queriéndola levantar, advirtieron con espanto que también habí­a muerto de repente. Todos los asistentes se sintieron ganados por la lástima y don Fernando, transido de dolor, dijo: - “Fue la voluntad de Dios que Diego e Isabel no se uniesen en vida. Pero su mano ha conducido al ángel de la muerte para unirlos en el otro mundo. Que se entierre juntos a los esposos que lo fueron en la condición hasta que yo me atravesé en su camino.” Y así­, juntos, se dio sepultura a los cuerpos de Diego Marcilla e Isabel de Segura, a los que la leyenda llamó desde entonces “Los amantes de Teruel”.

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El Puente de Alcántara. Frank Baer

09 abr
9 abril 2007

El argumento de El puente de Alcántara gira alrededor de tres personajes representativos de las tres culturas que hacia la segunda mitad del siglo XI conviví­an en la Pení­nsula. Mohamed Ibn Amar es un poeta andaluz de origen árabe; Yanus Ibn Al Ahwar, un médico judio, y Lope, un joven escudero cristiano enamorado de la hija del médico. Tras un encuentro durante el sitio de Barbastro (1604), los caminos de estos tres personajes se bifurcan para converger de nuevo años después en Sevilla. A través de las peripecias de estos tres personajes, Baer pinta un colorido fresco de la España de la época, al tiempo que reconstruye la evolución de las relaciones entre las culturas y religiones que representan cada uno de ellos. Una de las mejores novelas históricas de todos los tiempos. Puedes adquirir el libro pinchado en la portada.

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